Psicodrama comunitario con psicóticos

Índice

11       Agradecimientos

12       Prólogo, Carlos Martínez Bouquet

17       Introducción

21       1. Moreno y una historia del Psicodrama

33       2. El psicodrama analítico

53       3. Diferentes modelos psicodramáticos de abordaje terapéutico con psicóticos

70       4 .  El psicodrama en el hospital psiquiátrico de nuestro medio

92       5 .  La comunidad terapéutica

102      6 .  El psicodrama en un modelo asistencial integrador

113       7 .  El psicodrama comunitario: los inicios

131       8 .  El psicodrama comunitario: proceso y culminación

151       9  . Conclusiones y comentarios

Notas y escritos

EL DISCURSO DE LA DESMENTIDA.- (acto canalla y contraacto)

Este es el relato de una sesión de psicodrama comunitario realizada durante el año 1975 en el Hospital de día del Hospital Borda, escena que fue narrada escueta­mente en mi libro "Psicodrama Comuni­tario con Psicóticos". Amorrortu Editores, 1984., página 144 sobre el relato clínico titulado: “la defensa de los territorios”. Este trabajo la toma como punto de partida de nuevos desarrollos.

 

Evocación. A modo de caldeamiento.

Una mañana fresca de otoño de 1975. Camino por los pasillos del Borda en dirección al Hospital de día. Tengo 31 años. Soy psicó­logo concurrente ad-honorem. Mis pasos me llevan como autómata transitando los olores que impreg­nan la ropa y se adhieren a las fosas nasales, verdadero refrito de orín, comida de hospital y vahos humanos. Enfilo por un laberinto de pasillos de paredes mohosas, surcadas por siniestras manchas con relieve, verdaderos bubones de humedad y cada tanto, sobre la superficie pútrida emerge algún extraño graffiti.

 

Dramatización. Escena 1: La negación.

No huelo nada o casi nada. No veo nada o casi nada. Mis pasos me llevan al recinto del hospital de día, una vez más, una mañana más. Después de transitar por él durante cuatro años, este paisaje se me ha tornado natural y fami­liar. 

Me siento lo razonablemente desafectado como para cumplir normal­mente mi tarea a la que considero efi­ciente y responsable.

Me siento lo suficientemente desimplicado para sentirme bien en ese lugar, disfrutar de mis colegas, sentir que aprendo y acopio expe­riencia clínica valiosa y que siendo ad-honorem, retribuyo con creces los beneficios recibidos.

Descubro hoy, evocando estas imágenes, que lo siniestro termina sucumbiendo ante la cotidianidad, y que lo consue­tu­dinario acaba siendo una condición suficien­te de existencia.

Escena 2: La restitución por el consenso.

A pocos metros de la puerta me siento embargado de un inquietan­te sentimiento de extrañeza. Las voces que llegan de adentro me resultan poco familiares.

Abro la puerta.

Cierro la puerta.

Mi corazón palpita precipitadamente, percibo un latido feroz en las sienes y las muñecas.

Abro la puerta nuevamente, la dejo entornada y mirando por el vano de la misma me siento un espía en mi propio territorio.

No me animo a traspasar el umbral, la imagen inte­rior me parali­za y me invade una sensación de irrealidad. No reconozco a nadie, ni nada de lo que aparece me resulta familiar.

Veo un enjambre de individuos desconocidos, signados por las indisi­mulables marcas de la psicosis, enfundados en ropajes deportivos revoloteando alrededor de largas filas de catres. Un psicótico, un catre, un psicótico, un catre y, así, a lo largo y a lo ancho del hospital de día. Llevan buzos verdes de Addidas y gorros rojos de Coca-Cola. 

Desde mi escondite, descubro un cartel que se sostiene sobre el bastidor que describe el organigrama del hospital de día. Está escrito en aerosol naranja, y en letra cursiva reza: " Bienveni­dos!".

Un escalofrío recorre mi médula y me invade una sensación de pánico.

-"Estoy alucinando"!-

Durante varios segundos permanezco impávido con ese descubrimien­to.

De donde habrían llegado aquellos hombrecitos?

Bienvenidos de dónde?

Cierro la puerta con movimientos tenues y sutiles, acaso para no ser descubierto por los invasores.

Confundido, abrumado por una creciente sensación de vergüenza y embarazo, no encuentro las palabras que me permitan salir de este atolladero. No logro explicarme nada. Me siento imposibilitado, en ese instante, de discriminar si estoy soñando un mal sueño, o si soy objeto de una broma, si se trata de una ilusión, un espejismo o de una alucinación.

En aquel instante tengo la plena certeza de que solo la presencia de otro, su mirada y su palabra podrán sacarme de esta encruci­ja­da.

Busco algún compañero del servicio para llevarlo presta­mente al lugar de la escena y confrontar si se está desplegado en los escenarios de la realidad.

Me veo dirigiéndome nuevamente con un colega hacia el recinto del hospital de día. Despisto mi mareo y aplaco mi ansiedad impostan­do calma e indiferencia ante la inminente definición.

Lo dejo a él abrir la puerta y cruzo los dedos deseando que mi compañero corrobore la invasión de los hombrecitos verdirrojos enfundados en atuendos deportivos.

A medida que su rostro se tensa por la sorpresa y la incredu­li­dad, a medida que sus cabellos se erizan ante el espec­táculo que despliegan los usurpadores, mi corazón se regoci­ja y mi cuerpo retorna a sus ritmos habituales, a los de la normalidad, la santa normalidad. 

Escena 3: La “psicotización” por el consenso.

A partir de esta escena los acontecimientos se encadenan en secuencias de dispersión, desmembramiento y confusión.

El hospicio es sede de las "olimpiadas interhospitalarias para pacientes psiquiátricos".

Cientos de pacientes transportados de los confines del país para confrontar habilidades en Buenos Aires. Paranoicos pacificados, esquizofrénicos restituidos, alcohólicos socializa­dos, maníacos atemperados y depresivos achispados, todos con sus bucitos verdes de Addidas y gorritos rojos de Coca-cola, lanzados a competir en pentatlón, gimnasia, atletismo y fútbol.

El hospital de día como otros recintos de asistencia ambulatoria son ocupados, de un día para otro, sin previo aviso ni consul­ta, para convertirlos en precarios dormideros.

Las declaraciones oficiales acerca del bienestar de los pacien­tes, de la igualdad de oportunidades, del reconocimiento de un modelo interlocutivo, comunitario, integrador, del paciente como ciuda­da­no, del derecho a la palabra, del alta consensuado en asamblea, todos esos discursos se hacen añicos embestidos por los acontecimientos, que se consti­tuyen en verdaderos actos de desmentida.

Durante tres días nos buscamos, pacientes y terapeutas, entre los interminables desfiladeros del hospicio convertido en un verdade­ro manicomio. Deambulamos siguiendo pistas falsas, o derivacio­nes a recintos inexistentes o a reductos ocupados por los hombre­citos verdirro­jos.

Ira, frustración, incredulidad e impotencia. Nadie responde y nadie explica.

Indiferencia, frialdad distante, resignación, negación.

Regresión, ostracismo,autismo.

Escena 4: La negación(bis)

Los hombrecitos se van llevándose sus buzos verdes de Addidas y sus gorritos rojos de Coca-cola. Los catres desapa­re­cen y con ellos todo vestigio de los invasores.

Una quietud escalofriante invade al servicio durante los prime­ros días tras su recupera­ción.

Los pacientes navegan apáticos y ausentes, ensimismados dentro de una caparazón de resignación. Algunos retoman sus viejas alucina­ciones, los grandes hits de los comienzos, o vuelven a enrollar­se con sus clásicos delirios, otros, en cambio, faltan a las activi­dades terapéuticas y sólo alguno eclosiona en un ataque de cólera lanzado al aire, a cualquiera, aparente­mente desvincu­lado de los gravísimos hechos relata­dos.

Las reuniones de equipo transcurren tensas y llenas de preocupa­ción. No es sencillo restañar las heridas de los terapeutas, abochornados aún por el maltrato y la impotencia a la que fuimos sometidos.

En nosotros se trata, en última instancia, de reponernos a los efectos de la violencia sobre nuestro amor propio.

Pero en los pacientes todo parece diferente, intuimos que algo mucho más trascendente, más estructural se puso en juego.

Los intentos por una elaboración compulsiva resultan inútiles e ineficaces. Una férrea actitud de negación se instala entre los pacientes, encerrados en un silencio denso, que presa­gia tormen­ta.    

Escena 5: La reconstitución a través del reconocimiento y la reparación.

Es el día jueves y son 5 minutos pasadas las 10 horas. Está a punto de comenzar una sesión de Psicodrama comunitario. Estas eran sesiones que se venían realizando semanalmente desde hacía casi dos años.

Consiste en una sesión de psicodrama que congrega a todos los integrantes del hospital de día: pacientes, asistentes, terapeu­tas, enfermeros y por supuesto el jefe de servicio. Las sesiones son coordinadas por un pequeño grupo de compañeros bajo mi dirección.

Los temas que se tratan son variados y pueden ser propuestos por cualquiera o bien surgen espontáneamente tras un breve juego de caldeamiento.

Lo cierto es que después de más de 60 sesiones sin interrupcio­nes, este espacio se había convertido en un analizador institu­cional.

Para nuestra sorpresa, ese jueves, el primero posterior al desastre, el grueso de los pacientes se halla presente.

El jefe con gesto preocupado nos solicita tratar el tema, nos dice que teme que suceda alguna desgracia.

Dividimos el salón en dos campos, con una tiza demarcamos los territorios, mitad de los presentes a la izquierda, la otra mitad a la derecha. Proponemos un juego: cada uno de los subgrupos es una banda de muchachos que está en su territorio. Deberán tratar conquistar el territorio de los de enfrente; los de la derecha llegar a la pared del fondo de los de la izquierda y los otros, la inversa. Se aclara que habrá que hacer dos movimientos: defender el territorio propio y tratar de llegar lo antes posible a la pared del territorio de los contrincantes. Se dejan estable­cidas las reglas de lucha: se puede forcejear, o retener al compañero; está prohibido golpear o utilizar cualquier elemento. Se puede gritar, insultar o representar cualquier cosa en el "como si".

A continuación se despliega la escena con gran alboroto, todos gritan, gesticulan, discuten, forcejean, se zafan, vuelven a ser retenidos, vuelven a huir; algunos simulan usar pistolas, ametra­lladoras, montar a caballo o transportase en vehículos militares. Cuando unos llegan a conquistar el territorio de los otros, descubren que el propio fue a su vez conquistado. Conquistas, reconquistas, en sucesivas vueltas.

Proponemos comentar el juego y discutir de quien fue la victoria.  Se inician los comentarios de manera desordenada, se suceden las discusiones acerca de los que triunfaron y los que perdieron. Imperceptiblemente el tono baja y la conversación va tomando un giro más personal. Comienzan las referencias a las maneras de cómo son afectados por el juego, los que saben atacar, los que no pueden defender, los que se asustan y se apartan, los que siente­n odio y deben contenerse y los que sienten pena por lo perdi­do. Cuando el diálogo comienza a girar francamente en la pérdida del territorio surge con naturalidad la asociación con los aconteci­mientos vividos en esos días.

 Un rosario de relatos penosos se suceden con vertiginosidad. Pacientes que no pudieron encontrar a ningún conocido durante los tres días y deambularon perdidos por el edificio, literalmente perdidos. Otros recurrieron a la guardia descompensados, se sentían enfermos y al borde de nuevos brotes. Se reiteraron episodios de confusión, de pánico, de accesos paranoi­cos, hubo incluso episodios de violencia, forcejeos con los hombrecitos verdirrojos y situaciones de malentendi­dos con alguna supuesta autoridad del hospital.

Pero lo que insistía es una suerte de reproche doliente y enérgi­co hacia nosotros: Y Uds. dónde estaban, cómo permitieron este atrope­llo?

Y nosotros estábamos ahí, cabizbajos, muy afectados por los rela­tos, sintiendo una gran cuota de responsabilidad por los estragos de esa violencia.  

Y hacía tan sólo tres días habíamos estado allí pero sumidos en la impotencia, sorprendidos en una situación límite, sin la más mínima capacidad de respuesta, resignados frente a la prepoten­cia. Ante quién apelar, si el discurso oficial se jactaba en procla­mar que acababa de realizar­se uno de los eventos más trascenden­tes en el campo de la psi­quia­tría inter­locu­tiva, dinámica y democrática. Nuevamente la generación de discursos que impúdicamente intentan desmentir la realidad, mecanismo “psicoti­zante” perverso, de alta peligrosidad en especial cuando deviene del lado de los curadores.

El jefe del servicio era un hombre mayor, con vasta experiencia hospitalaria.

Sabíamos que tampoco él había sido consultado, ni siquiera advertido de la ocupación de su territorio. También nos había trascendido que por tal razón se había llevado a cabo un diálogo subido de tono en la dirección del hospital.

Tras una ronda de comentarios por parte de los integran­tes del equipo, en la que se manifestó la pena por lo sucedido y se dejó en claro el propio sufrimiento, el jefe toma la palabra.

Con voz embargada por la emoción pide perdón a todos los presen­tes por la responsabilidad que le cupo en este penoso incidente. Lo dice en forma breve y en términos sencillos. Relata sin pudor el fracaso de todas las gestiones que intentó realizar ante la dirección y el desplante que fue objeto por las ensoberbecidas autoridades del nosocomio. Dice que por primera vez en tantos años llegó a esgrimir su renuncia al cargo pero que finalmente debió recular y que ese era su límite y que tratáramos de acep­tarlo.

Sus palabras son recibidas por un largo y emotivo silencio. Estábamos siendo testigos de un acto tan extraño como original cuyos efectos antipsicóticos intuíamos pero que su verdadera dimensión y envergadura comprendimos recién después de mucho tiempo.

Tras las palabras del jefe no hubo más palabras y por primera y única vez la sesión de psicodrama finalizó con un largo y soste­nido aplauso.

Estaba claro que no aplaudían al equipo de psicodrama, tampoco aplaudían al jefe, que lo tenía merecido.

Creo que nos aplaudimos a nosotros mismos, psicóticos, neuróti­cos, perversos, borderlines y normales juntos, allí congregados, en un acto que fue capaz, aunque más no sea como una marca, de desmentir la desmentida.

Comentarios:

En Psicoanálisis hay una serie de términos que refieren a formas extremas de defensa, constitutivas del aparato psíquico y de su virtual estructuración. Reprimir, apartar, rehusar, suprimir, abolir, negar, renegar, desmentir, forcluir, repudiar, son dispositivos de defensa de acción radical, total, en particular los dos últimos, implicados en la producción de la psicosis.

Este enfoque da cuenta teóricamente de aquello que no se pudo constituir en el aparato psíquico, que no pudo establecerse como interiori­dad y que deberá ser considerado como falla de cimiento, rajadura estructural o agujero negro en la constelación psíquica, siempre presto a aspirarse cualquier trama que se pretenda zurcir sobre su vano.

El enfoque teórico podrá dar cuanta de la virtualidad de las operaciones anteriormente referidas como acciones primordiales, primarias. No nos dirá nada acerca de la anécdota, del drama, de los cuerpos que se constituyen en objetos ni aportará un ápice sobre los vínculos concretos que dieron lugar a las relaciones objetales.

De ello, de los posibles modos de identificación, introyección, proyección, aprendidos, ensayados y finalmente inscriptos como marcas a partir de las vicisitudes del sujeto con la realidad, de todo ello tendremos un eco, una tenue reproducción en el aquí y ahora transferencial. La neurosis de transferencia decía Freud, incluso Pichon Riviere llegó a hablar de psicosis de transferen­cia.

Leví Moreno consideraba siempre esa reproducción como una recrea­ción, decía: "toda verdadera segunda vez es liberación de la primera. Es la recurrencia de sí mismo, autoproducida y autocrea­da". Ese margen de creación que se recorta del automatismo de la repetición, sería el resquicio de un posible accionar terapéu­ti­co.

Los dispositivos defensivos antes mencionados se establecieron como operadores de una estrategia psíquica basada en la sustrac­ción. Frente a lo inasimilable, lo insoporta­ble, lo doloroso, el aparato antepone una táctica que resta, reduce, comprime, achica, recusa, niega o forcluye. 

Pero la negación, la desmentida y todas las variantes de las mismas, no son sólo dispositivos de acción instituyentes del suceder psíquico en su registro simbólico.

Tales términos provenientes de otros campos(jurídico, sociológi­co, psicológico y otros) describen distintas formas de producción de subjetividad.  La palabra desmentida tiene una curiosa ambi­güedad que en su polisemia llega incluso a detentar significados opuestos. Se puede desmentir la menti­ra, demostran­do la falsedad pero se puede también desmentir lo evidente, ocul­tándolo, desva­ne­ciéndolo o disimulándolo. Podríamos afirmar en términos gene­rales que la negación y la desmen­tida como procedimientos instru­men­tados conciente y delibe­radamente en este último sentido, son inherentes al dis­curso del poder en su faz totalitaria, se trate de gobiernos elegidos electoralmente o no. 

En nuestra cotidianidad el discurso oficial desmiente sistemáti­camente tanto los actos de corrup­ción denun­ciados por la prensa como así también niega los efectos catastró­ficos que el ajus­te    ejer­ce sobre millones de argen­tinos. La indefec­ción jurídi­ca susti­tu­yó la cámara penal por la cámara de TV.

Hoy, en nuestro quehacer clínico, nos topamos con una subjetivi­dad triste, sostenida en la resignación, la apatía, y la desvi­talidad. El ideal del yo se forja en el semblante del ejecutivo exitoso, reconvertido, informatizado y especialmente integrado al sistema del cual habrá que aceptar todas las reglas de juego o sucumbir. Aceptar o sucumbir.

Pero volvamos a la escena revisitada con este aparente dilema.

El acto de violencia que se ejerció sobre el hospital de día, sus pacientes y su personal terapéutico, fue desmentido por el discurso que lo inscribió como formando parte del evento más trascendente en el campo de la psiquiatría inter­locutiva, dinámi­ca y democrática. El efecto iatrogénico que deriva de la violen­cia en sí, multiplica su potencia desvastadora en el discurso que la desmien­te, y su estructura es similar a la que describieron los comuni­cólo­gos al analizar minuciosamente el discurso que manejan las familias de los esquizo­frénicos: doble mensaje, mensaje paradojal y mensaje de desmentida.

Tal desmentida produjo en nuestra escena efectos disruptivos, confusionales, desestabilizantes en terapeutas y pacientes constituyéndose en disparadores de acción psicotizante. Abrió las compuertas para un desborde de ansiedad y angustia detonando la utilización de recursos restitutivos: la alucinación y el deli­rio, siempre deteriorantes de los víncu­los con la realidad.

Aceptar o sucumbir! Aceptar o sucumbir?

La escena de las bandas en la conquista y defensa de los territo­rios, en la medida que posibilitó la reapertura del circuito de los afectos y la puesta en juego de su quantum energético, abrió una primera estación reparatoria, lúdica y de sublimación.

La lucha jugada en la escena permitió en alguna medida un reposi­cionamiento subjetivo, la recuperación de una capacidad que se creía abolida, la de resistir y recuperar lo propio, en pos del restablecimiento de la dignidad. Entre aceptar o sucumbir se abría la instancia del reclamo y de la apelación: y Uds. dónde estaban?

 El discurso oficial desmentía el carácter real del sufrimiento, negaba sus evidentes consecuencias recolocando al paciente en un lugar imaginario, desinsertado de la realidad obligándolo por ende a circular por el universo del delirio.

Las palabras del jefe pidiendo perdón, constituyeron una segunda estación reparatoria en la medida que implicaron el reconocimien­to del daño y del sufrimiento como dimensión real.

Tal reconocimiento que incluyó además la propia castración, restituyó una secuencia de realidad, como realidad efectivamente vivida y compartida en un histórico social. Permitió que un recorte de la realidad se subjetivice, que se inscriba de alguna manera en la trama psíquica, que se simbolice, se “fantasmatice” y se resignifique sin que retorne como un real en alucinación o delirio en un pasaje al acto.

Desmentir la desmentida fue un acto terapéutico sin precedentes que demuestra que en nuestra profesión, la ética es inseparable de la clínica.

No nos resulta suficiente a nosotros, psicoanalis­tas psicodramá­ticos o psicodramatistas analíticos, ser coheren­tes con nuestro propio deseo. La ética en la clínica habrá de ser también una ética solidaria, en la cual además de estar implica­dos con nuestro propio deseo, habremos de estar implicados con el dolor, la angustia y el sufrimiento de nuestros pacientes.

Presentación de Psicodrama Comunitario con psicóticos en la Fundación CIAP a cargo de Eduardo (Tato) Pavlovsky y Tessie Calvo.