ARTÍCULOS/Papers
Algunos escritos que me acompañan

El discurso de la desmentida - (Una escena revisitada)**
Evocación. A modo de caldeamiento.
Una mañana fresca de otoño de 1975. Camino por los pasillos del Borda en dirección al Hospital de día. Tengo 31 años. Soy psicó¬logo concurrente ad-honorem. Mis pasos me llevan como autómata transitando los olores que impreg-nan la ropa y se adhieren a las fosas nasales, verdadero refrito de orín, comida de hospital y vahos humanos. Enfilo por un laberinto de pasillos de paredes mohosas, surcadas por siniestras manchas con relieve, verdaderos bubones de humedad y cada tanto, sobre la superficie pútrida emerge algún extraño graffiti.
Dramatización. Escena 1: La negación.
No huelo nada o casi nada. No veo nada o casi nada. Mis pasos me llevan al recinto del hospital de día, una vez más, una mañana más. Después de transitar por él durante cuatro años, este paisaje se me ha tornado natural y fami¬liar.
Me siento lo razonablemente desafectado como para cumplir normal¬mente mi tarea a la que considero efi¬ciente y responsable.
Me siento lo suficientemente desimplicado para sentirme bien en ese lugar, disfrutar de mis colegas, sentir que aprendo y acopio expe¬riencia clínica valiosa y que siendo ad-honorem, retribuyo con creces los beneficios recibidos.
Descubro hoy, evocando estas imágenes, que lo siniestro termina sucumbiendo ante la cotidianidad, y que lo consue¬tu¬dinario acaba siendo una condición suficien¬te de existencia.
Escena 2: La restitución por el consenso.
A pocos metros de la puerta me siento embargado de un inquietan¬te sentimiento de extrañeza. Las voces que llegan de adentro me resultan poco familiares.
Abro la puerta.
Cierro la puerta.
Mi corazón palpita precipitadamente, percibo un latido feroz en las sienes y las muñecas.
Abro la puerta nuevamente, la dejo entornada y mirando por el vano de la misma me siento un espía en mi propio territorio.
No me animo a traspasar el umbral, la imagen inte¬rior me parali¬za y me invade una sensación de irrealidad. No reconozco a nadie, ni nada de lo que aparece me resulta familiar.
Veo un enjambre de individuos desconocidos, signados por las indisi¬mulables marcas de la psicosis, enfundados en ropajes deportivos revoloteando alrededor de largas filas de catres. Un psicótico, un catre, un psicótico, un catre y, así, a lo largo y a lo ancho del hospital de día. Llevan buzos verdes de Addidas y gorros rojos de Coca-Cola.
Desde mi escondite, descubro un cartel que se sostiene sobre el bastidor que describe el organigrama del hospital de día. Está escrito en aerosol naranja, y en letra cursiva reza: " Bienveni¬dos!".
Un escalofrío recorre mi médula y me invade una sensación de pánico.
-"Estoy alucinando"!-
Durante varios segundos permanezco impávido con ese descubrimien¬to.
De donde habrían llegado aquellos hombrecitos?
Bienvenidos de dónde?
Cierro la puerta con movimientos tenues y sutiles, acaso para no ser descubierto por los invasores.
Confundido, abrumado por una creciente sensación de vergüenza y embarazo, no encuentro las palabras que me permitan salir de este atolladero. No logro explicarme nada. Me siento imposibilitado, en ese instante, de discriminar si estoy soñando un mal sueño, o si soy objeto de una broma, si se trata de una ilusión, un espejismo o de una alucinación.
En aquel instante tengo la plena certeza de que solo la presencia de otro, su mirada y su palabra podrán sacarme de esta encruci¬ja¬da.
Busco algún compañero del servicio para llevarlo presta¬mente al lugar de la escena y confrontar si se está desplegado en los escenarios de la realidad.
Me veo dirigiéndome nuevamente con un colega hacia el recinto del hospital de día. Despisto mi mareo y aplaco mi ansiedad impostan¬do calma e indiferencia ante la inminente definición.
Lo dejo a él abrir la puerta y cruzo los dedos deseando que mi compañero corrobore la invasión de los hombrecitos verdirrojos enfundados en atuendos deportivos.
A medida que su rostro se tensa por la sorpresa y la incredu¬li¬dad, a medida que sus cabellos se erizan ante el espec¬táculo que despliegan los usurpadores, mi corazón se regoci¬ja y mi cuerpo retorna a sus ritmos habituales, a los de la normalidad, la santa normalidad.
Escena 3: La psicotización por el consenso.
A partir de esta escena los acontecimientos se encadenan en secuencias de dispersión, desmembramiento y confusión.
El hospicio es sede de las "olimpiadas interhospitalarias para pacientes psiquiátricos".
Cientos de pacientes transportados de los confines del país para confrontar habilidades en Buenos Aires. Paranoicos pacificados, esquizofrénicos restituidos, alcohólicos socializa¬dos, maníacos atemperados y depresivos achispados, todos con sus bucitos verdes de Addidas y gorritos rojos de Coca-cola, lanzados a competir en pentatlón, gimnasia, atletismo y fútbol.
El hospital de día como otros recintos de asistencia ambulatoria son ocupados, de un día para otro, sin previo aviso ni consul¬ta, para convertirlos en precarios dormideros.
Las declaraciones oficiales acerca del bienestar de los pacien¬tes, de la igualdad de oportunidades, del reconocimiento de un modelo interlocutivo, comunitario, integrador, del paciente como ciuda¬da¬no, del derecho a la palabra, del alta consensuado en asamblea, todos esos discursos se hacen añicos embestidos por los acontecimientos, que se consti¬tuyen en verdaderos actos de desmentida.
Durante tres días nos buscamos, pacientes y terapeutas, entre los interminables desfiladeros del hospicio convertido en un verdade¬ro manicomio. Deambulamos siguiendo pistas falsas, o derivacio¬nes a recintos inexistentes o a reductos ocupados por los hombre¬citos verdirro¬jos.
Ira, frustración, incredulidad e impotencia. Nadie responde y nadie explica.
Indiferencia, frialdad distante, resignación, negación.
Regresión, ostracismo,autismo.
Escena 4: La negación(bis)
Los hombrecitos se van llevándose sus buzos verdes de Addidas y sus gorritos rojos de Coca-cola. Los catres desapa¬re¬cen y con ellos todo vestigio de los invasores.
Una quietud escalofriante invade al servicio durante los prime¬ros días tras su recupera¬ción.
Los pacientes navegan apáticos y ausentes, ensimismados dentro de una caparazón de resignación. Algunos retoman sus viejas alucina¬ciones, los grandes hits de los comienzos, o vuelven a enrollar¬se con sus clásicos delirios, otros, en cambio, faltan a las activi¬dades terapéuticas y sólo alguno eclosiona en un ataque de cólera lanzado al aire, a cualquiera, aparente¬mente desvincu¬lado de los gravísimos hechos relata¬dos.
Las reuniones de equipo transcurren tensas y llenas de preocupa¬ción. No es sencillo restañar las heridas de los terapeutas, abochornados aún por el maltrato y la impotencia a la que fuimos sometidos.
En nosotros se trata, en última instancia, de reponernos a los efectos de la violencia sobre nuestro amor propio.
Pero en los pacientes todo parece diferente, intuimos que algo mucho más trascendente, más estructural se puso en juego.
Los intentos por una elaboración compulsiva resultan inútiles e ineficaces. Una férrea actitud de negación se instala entre los pacientes, encerrados en un silencio denso, que presa¬gia tormen¬ta.
Escena 5: La reconstitución a través del reconocimiento y la reparación.
Es el día jueves y son 5 minutos pasadas las 10 horas. Está a punto de comenzar una sesión de Psicodrama comunitario. Estas eran sesiones que se venían realizando semanalmente desde hacía casi dos años.
Consiste en una sesión de psicodrama que congrega a todos los integrantes del hospital de día: pacientes, asistentes, terapeu¬tas, enfermeros y por supuesto el jefe de servicio. Las sesiones son coordinadas por un pequeño grupo de compañeros bajo mi dirección.
Los temas que se tratan son variados y pueden ser propuestos por cualquiera o bien surgen espontáneamente tras un breve juego de caldeamiento.
Lo cierto es que después de más de 60 sesiones sin interrupcio¬nes, este espacio se había convertido en un analizador institu¬cional.
Para nuestra sorpresa, ese jueves, el primero posterior al desastre, el grueso de los pacientes se halla presente.
El jefe con gesto preocupado nos solicita tratar el tema, nos dice que teme que suceda alguna desgracia.
Dividimos el salón en dos campos, con una tiza demarcamos los territorios, mitad de los presentes a la izquierda, la otra mitad a la derecha. Proponemos un juego: cada uno de los subgrupos es una banda de muchachos que está en su territorio. Deberán tratar conquistar el territorio de los de enfrente; los de la derecha llegar a la pared del fondo de los de la izquierda y los otros, la inversa. Se aclara que habrá que hacer dos movimientos: defender el territorio propio y tratar de llegar lo antes posible a la pared del territorio de los contrincantes. Se dejan estable¬cidas las reglas de lucha: se puede forcejear, o retener al compañero; está prohibido golpear o utilizar cualquier elemento. Se puede gritar, insultar o representar cualquier cosa en el "como si".
A continuación se despliega la escena con gran alboroto, todos gritan, gesticulan, discuten, forcejean, se zafan, vuelven a ser retenidos,vuelven a huir; algunos simulan usar pistolas, ametra¬lladoras, montar a caballo o transportase en vehículos militares. Cuando unos llegan a conquistar el territorio de los otros, descubren que el propio fue a su vez conquistado. Conquistas, reconquistas, en sucesivas vueltas.
Proponemos comentar el juego y discutir de quien fue la victoria. Se inician los comentarios de manera desordenada, se suceden las discusiones acerca de los que triunfaron y los que perdieron. Imperceptiblemente el tono baja y la conversación va tomando un giro más personal. Comienzan las referencias a las maneras de cómo son afectados por el juego, los que saben atacar, los que no pueden defender, los que se asustan y se apartan, los que siente¬n odio y deben contenerse y los que sienten pena por lo perdi¬do. Cuando el diálogo comienza a girar francamente en la pérdida del territorio surge con naturalidad la asociación con los aconteci¬mientos vividos en esos días.
Un rosario de relatos penosos se suceden con vertiginosidad. Pacientes que no pudieron encontrar a ningún conocido durante los tres días y deambularon perdidos por el edificio, literalmente perdidos. Otros recurrieron a la guardia descompensados, se sentían enfermos y al borde de nuevos brotes. Se reiteraron episodios de confusión, de pánico, de accesos paranoi¬cos, hubo incluso episodios de violencia, forcejeos con los hombrecitos verdirrojos y situaciones de malentendi-dos con alguna supuesta autoridad del hospital.
Pero lo que insistía es una suerte de reproche doliente y enérgi¬co hacia nosotros: Y Uds. dónde estaban, cómo permitieron este atrope¬llo?
Y nosotros estábamos ahí, cabizbajos, muy afectados por los rela¬tos, sintiendo una gran cuota de responsabilidad por los estragos de esa violencia.
Y hacía tan sólo tres días habíamos estado allí pero sumidos en la impotencia, sorprendidos en una situación límite, sin la más mínima capacidad de respuesta, resignados frente a la prepoten¬cia. Ante quién apelar, si el discurso oficial se jactaba en procla¬mar que acababa de realizar¬se uno de los eventos más trascenden¬tes en el campo de la psi¬quia¬tría inter¬locu¬tiva, dinámica y democrática. Nuevamente la generación de discursos que impúdicamente intentan desmentir la realidad, mecanismo psicoti¬zante perverso, de alta peligrosidad en especial cuando deviene del lado de los curadores.
El jefe del servicio era un hombre mayor, con vasta experiencia hospitalaria.
Sabíamos que tampoco él había sido consultado, ni siquiera advertido de la ocupación de su territorio. También nos había trascendido que por tal razón se había llevado a cabo un diálogo subido de tono en la dirección del hospital.
Tras una ronda de comentarios por parte de los integran¬tes del equipo, en la que se manifestó la pena por lo sucedido y se dejó en claro el propio sufrimiento, el jefe toma la palabra.
Con voz embargada por la emoción pide perdón a todos los presen¬tes por la responsabilidad que le cupo en este penoso incidente. Lo dice en forma breve y en términos sencillos. Relata sin pudor el fracaso de todas las gestiones que intentó realizar ante la dirección y el desplante que fue objeto por las ensoberbecidas autoridades del nosocomio. Dice que por primera vez en tantos años llegó a esgrimir su renuncia al cargo pero que finalmente debió recular y que ese era su límite y que tratáramos de acep¬tarlo.
Sus palabras son recibidas por un largo y emotivo silencio. Estábamos siendo testigos de un acto tan extraño como original cuyos efectos antipsicóticos intuíamos pero que su verdadera dimensión y envergadura comprendimos recién después de mucho tiempo.
Tras las palabras del jefe no hubo más palabras y por primera y única vez la sesión de psicodrama finalizó con un largo y soste¬nido aplauso.
Estaba claro que no aplaudían al equipo de psicodrama, tampoco aplaudían al jefe, que lo tenía merecido.
Creo que nos aplaudimos a nosotros mismos, psicóticos, neuróti¬cos, perversos, borderlines y normales juntos, allí congregados, en un acto que fue capaz, aunque más no sea como una marca, de desmentir la desmentida.
Comentarios:
En Psicoanálisis hay una serie de términos que refieren a formas extremas de defensa, constitutivas del aparato psíquico y de su virtual estructuración. Reprimir, apartar, rehusar, suprimir, abolir, negar, renegar, desmentir, forcluir, repudiar, son dispositivos de defensa de acción radical, total, en particular los dos últimos, implicados en la producción de la psicosis.
Este enfoque da cuenta teóricamente de aquello que no se pudo constituir en el aparato psíquico, que no pudo establecerse como interiori¬dad y que deberá ser considerado como falla de cimiento, rajadura estructural o agujero negro en la constelación psíquica, siempre presto a aspirarse cualquier trama que se pretenda zurcir sobre su vano.
El enfoque teórico podrá dar cuanta de la virtualidad de las operaciones anteriormente referidas como acciones primordiales, primarias. No nos dirá nada acerca de la anécdota, del drama, de los cuerpos que se constituyen en objetos ni aportará un ápice sobre los vínculos concretos que dieron lugar a las relaciones objetales.
De ello, de los posibles modos de identificación, introyección, proyección, aprendidos, ensayados y finalmente inscriptos como marcas a partir de las vicisitudes del sujeto con la realidad, de todo ello tendremos un eco, una tenue reproducción en el aquí y ahora transferencial. La neurosis de transferencia decía Freud, incluso Pichon Riviere llegó a hablar de psicosis de transferen¬cia.
Leví Moreno consideraba siempre esa reproducción como una recrea¬ción, decía: "toda verdadera segunda vez es liberación de la primera. Es la recurrencia de sí mismo, autoproducida y autocrea¬da". Ese margen de creación que se recorta del automatismo de la repetición, sería el resquicio de un posible accionar terapéu¬ti¬co.
Los dispositivos defensivos antes mencionados se establecieron como operadores de una estrategia psíquica basada en la sustrac¬ción. Frente a lo inasimilable, lo insoporta¬ble, lo doloroso, el aparato antepone una táctica que resta, reduce, comprime, achica, recusa, niega o forcluye.
Pero la negación, la desmentida y todas las variantes de las mismas, no son sólo dispositivos de acción instituyentes del suceder psíquico en su registro simbólico.
Tales términos provenientes de otros campos(jurídico, sociológi¬co, psicológico y otros) describen distintas formas de producción de subjetividad. La palabra desmentida tiene una curiosa ambi¬güedad que en su polisemia llega incluso a detentar significados opuestos. Se puede desmentir la menti¬ra, demostran¬do la falsedad pero se puede también desmentir lo evidente, ocul¬tándolo, desva¬ne-ciéndolo o disimulándolo. Podríamos afirmar en términos gene¬rales que la negación y la desmen¬tida como procedimientos instru¬men¬tados conciente y delibe-radamente en este último sentido, son inherentes al dis¬curso del poder en su faz totalitaria, se trate de gobiernos elegidos electoralmente o no.
En nuestra cotidianidad el discurso oficial desmiente sistemáti¬camente tanto los actos de corrup¬ción denun¬ciados por la prensa como así también niega los efectos catastró¬ficos que el ajus¬te ejer¬ce sobre millones de argen¬tinos. La indefec¬ción jurídi¬ca susti¬tu¬yó la cámara penal por la cámara de TV.
Hoy, en nuestro quehacer clínico, nos topamos con una subjetivi¬dad triste, sostenida en la resignación, la apatía, y la desvi¬talidad. El ideal del yo se forja en el semblante del ejecutivo exitoso, reconvertido, informatizado y especialmente integrado al sistema del cual habrá que aceptar todas las reglas de juego o sucumbir. Aceptar o sucumbir.
Pero volvamos a la escena revisitada con este aparente dilema.
El acto de violencia que se ejerció sobre el hospital de día, sus pacientes y su personal terapéutico, fue desmentido por el discurso que lo inscribió como formando parte del evento más trascendente en el campo de la psiquiatría inter-locutiva, dinámi¬ca y democrática. El efecto iatrogénico que deriva de la violen¬cia en sí, multiplica su potencia desvastadora en el discurso que la desmien¬te, y su estructura es similar a la que describieron los comuni¬cólo¬gos al analizar minuciosamente el discurso que manejan las familias de los esquizo¬frénicos: doble mensaje, mensaje paradojal y mensaje de desmentida.
Tal desmentida produjo en nuestra escena efectos disruptivos, confusionales, desestabilizantes en terapeutas y pacientes constituyéndose en disparadores de acción psicotizante. Abrió las compuertas para un desborde de ansiedad y angustia detonando la utilización de recursos restitutivos: la alucinación y el deli¬rio, siempre deteriorantes de los víncu¬los con la realidad.
Aceptar o sucumbir! Aceptar o sucumbir?
La escena de las bandas en la conquista y defensa de los territo¬rios, en la medida que posibilitó la reapertura del circuito de los afectos y la puesta en juego de su quantum energético, abrió una primera estación reparatoria, lúdica y de sublimación.
La lucha jugada en la escena permitió en alguna medida un reposi¬cionamiento subjetivo, la recuperación de una capacidad que se creía abolida, la de resistir y recuperar lo propio, en pos del restablecimiento de la dignidad. Entre aceptar o sucumbir se abría la instancia del reclamo y de la apelación: y Uds. dónde estaban?
El discurso oficial desmentía el carácter real del sufrimiento, negaba sus evidentes consecuencias recolocando al paciente en un lugar imaginario, desinsertado de la realidad obligándolo por ende a circular por el universo del delirio.
Las palabras del jefe pidiendo perdón, constituyeron una segunda estación reparatoria en la medida que implicaron el reconocimien¬to del daño y del sufrimiento como dimensión real.
Tal reconocimiento que incluyó además la propia castración, restituyó una secuencia de realidad, como realidad efectivamente vivida y compartida en un histórico social. Permitió que un recorte de la realidad se subjetivice, que se inscriba de alguna manera en la trama psíquica, que se simbolice, se fantasmatice y se resignifique sin que retorne como un real en alucinación o delirio en un pasaje al acto.
Desmentir la desmentida fue un acto terapéutico sin precedentes que demuestra que en nuestra profesión, la ética es inseparable de la clínica.
No nos resulta suficiente a nosotros, psicoanalis¬tas psicodramá¬ticos o psicodramatistas analíticos, ser coheren¬tes con nuestro propio deseo. La ética en la clínica habrá de ser también una ética solidaria, en la cual además de estar implica-dos con nuestro propio deseo, habremos de estar implicados con el dolor, la angustia y el sufrimiento de nuestros pacientes.
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** En referencia a una sesión de psicodrama comunitario realizada durante el año 1975 en el Hospital de día del Hospital Borda, escena que fue narrada escueta¬mente en mi libro "Psicodrama Comuni-tario con Psicóticos". Amorrortu Editores, 1984. Este trabajo la toma como punto de partida de nuevos desarrollos.

A la espera de un nuevo llamado a escena
Sabíamos que era inminente. Durante las dos últimas sesiones sólo hablábamos de Luz, de su cáncer, de los esfuerzos de Miguel por sobrellevar con integridad esos encuentros que tenía con ella. Tratábamos de ayudarlo haciendo grandes esfuerzos por escucharlo, y si alguna vez Miguel llegaba tarde a sesión, aprovechábamos ese espacio para hacer algún chiste en alusión al nombre de su amiga: ¿se habrá apagado ya la Luz?
Pero esa tarde, cuando entró Miguel al consultorio, se sacó la campera y nos miró, quedó claro que Luz se había muerto.
Miguel comienza a contar.
No nos mira cuando habla, abstraído, parece estar reviviendo la escena.
Dice:
Cuando llego, la veo sobre una cama pálida.
Sus manos superpuestas sobre el pecho, sus ojos entornados, su boca insinúa una leve mueca hacia la izquierda. Un pañuelo verde, anudado en su cabeza, le sujeta la mandíbula como un torniquete.
El médico pide un minuto de silencio. Se pone de pié y cierra los ojos. Parece rezar.
Los presentes imitamos el gesto.
Tiene 32 años y se muere.
Y todo discurre en una escena tan pequeña, tan nimia.
La suegra la mira y nos dice mientras se le quiebra la voz: ¿no está hermosa?
Yo, que la conocí vital y arrolladora, ahora me parecía fea.
Después del mediodía llega la madre y los sonidos junto al humo de los fumadores, se impregnan a la ropa y a los cuerpos. Primero son gritos, luego llantos y finalmente una secuencia de gemidos cortos y cadentes que se extienden hasta las primeras horas de la tarde, luego cesan.
A la nochecita, el ataúd, las velas y la gente que se amucha en los rincones, cuchichea, se mueve con lentitud, con gestos que suponen decoro ante la muerte.
Alguien de negro se desliza por la habitación, trata de mimetizarse con las partículas de polvo que flotan en el aire. Realiza un vuelo razante con la mirada buscando la mejor posición, intenta posar sus ojos en el ángulo de visión más favorable para poder verlo todo: cómo se amortaja un cuerpo joven, cómo se introduce el cuerpo de mujer, con todas sus redondeces, dentro de un ataúd, cómo se instala un cuerpo que se dispone a yacer eternamente.
Sus ojos succionan con fruición cada gesto, cada imagen, cada movimiento, fagocitan todos los flujos que aún discurren entre los bordes de la vida y de la muerte.
Mis ojos no pueden apartarse de esa extraña manera de mirar de ese hombre pájaro, que se enseñorea sobre los pasillos de la muerte, merodea en los intersticios y en los poros de la carne cuando se va la vida, cuando los fluidos se coagulan y se transmutan en la materia opaca de los espejos y en el grano de las fotografías.
¿Quién es ese hombre de traje negro que se atreve a mirar de ese modo?
Habría que echarlo. No es posible permitir un desenlace tan obsceno!
Con la palabra obsceno aún en la boca, Miguel nos mira por primera vez. Está llorando.
Las tres mujeres del grupo, afectadas, generosas, lloran con él.
Beatriz dice que así, miran los verdugos, los torturadores y los jueces. A ella la miraban así las monjas, en particular la madre superiora. Dice que son miradas que interpelan, que exigen ver lo que está en el fondo, miradas que no se aplacan con sólo tirarle dos o tres confesiones, dos o tres de esas ideas, que una sólo podría contársela a su mejor amiga. Son miradas que no paran hasta desnudarte, pero mal, porque no son miradas de deseo. Dice que cuando te miran así te quedás en bolas, chueca y con la luz que te da en el peor ángulo, te afea la cola y te agranda la panza.
Un grupúsculo de monjas merodea desde ahora la escena del horroroso hombre-pájaro, anuncian que la mirada además de obscena puede llegar hasta el hueso.
Alba dice que es insoportable la idea de morir joven, que su madre también murió joven, que ella era aún una adolescente y tuvo que soportar un dolor tan grande que tenía la sensación que se le desorbitaban los ojos, pero que transcurrido un tiempo, no recuerda cuánto, se calmó. Dice también que por sufrir tanto creció varios centímetros y que el abuelo decía que los chicos crecen cuando quedan huérfanos, después de una enfermedad y cuando les agarra en la calle una lluvia fuerte.
A las monjas se les suman una madre muerta, un dolor que desorbita los ojos de una huérfana y un corrillo de niños que crecen con las lluvias que los sorprende siempre deambulando por las calles.
La escena es ahora una multitud.
Percibo en mi cuerpo la densidad de las imágenes, me siento tocado por la tristeza y la nostalgia. No puedo distinguir si lo que me afecta son los tonos, las pausas, el timbre de las voces y los silencios o son las imágenes que suspendidas en el espacio del consultorio comienzan a liberarse de las inercias, de las secuencias y de la cronología de los relatos.
Gabriel recuerda a su padre internado en terapia intensiva, una embolia le había reventado en la cabeza. Dice que cuando le dejaban estar a su lado, el padre daba señales de reconocerlo, una tenue presión en la mano, un mínimo giro de cabeza, un pestañeo raro, un movimiento de los labios. Dice que dos días antes de morir lo fue a visitar y que era la noche del Iom Kippur, y que ninguno de los dos era creyente, pero que esa noche, ahí, solos, el padre que se moría, y los médicos que lo desahuciaban. Esa noche, bajo el bombeo uniforme de los respiradores, junto al ritmo de los electrocardiogramas, de las chicharras y de los beepers, se puso a cantar el Kol Nidré, la plegaria más sagrada. En realidad la tarareó, tal como la recordaba de chico, en la sinagoga. Dice que después de haberla entonado su padre se relajó, y cree haber escuchado en ese momento una especie de grito mezclado con palabras. Era una voz que venía desde alguno de los boxes y que él imaginó a alguien que, aún en el umbral de la muerte, balbuceaba: “Aquí estoy, aquí estoy!”.
Silencio.
Raúl dice que se acaba de acordar de cuando había sido monaguillo y el Padre Valentín, un cura cascarrabias le tironeaba las orejas cada vez que lo descubría imitándolo a sus espaldas. Dice que llegaba a su casa con las orejas coloradas y que el único que lo notaba era el abuelo Pipo, que tenía como noventa años.
Los niños que deambulan por las calles convocan al padre que se está muriendo y que en ese instante de extremaunción, el hijo lo unge con un tarareo sagrado que despierta el grito de un moribundo que quiere estar presente en ese espacio santo.
Las imágenes se disparan, presas de una repentina urgencia, se arremolinan pisándose los talones, afectándose unas a otras, atrayéndose con señuelos, se guiñan y se seducen para penetrar en los cuerpos, morar en ellos y afectar a los espíritus.
La angustia de Miguel busca la proximidad de nuestros cuerpos para poder anclar.
Nos pregunta si es justo, si él se merecía semejante desgracia, ¿o es que acaso nació con el sino de la mala suerte?
Le digo que preguntas como esas, no tienen respuesta.
Miro a Miguel, cabizbajo y deprimido y pienso: ¿qué podríamos hacer por él?
Alba pregunta por el dolor. Quiere saber qué pasó con ese dolor que le desorbitaba los ojos. ¿Se licuó, se evaporó?
¿Podría mostrar con gestos cómo hizo el dolor para transmutarse y trasladarse de las órbitas de sus ojos a otro lugar?
Alba se tapa los ojos con las palmas de sus manos, se los frota suavemente haciendo un movimiento circular que va ascendiendo hasta su frente, luego, sus manos se deslizan hacia su cabeza y desde allí simulan un vuelo. De pronto, en lo alto, las palmas se juntan y se dirigen hacia su pecho, se clavan a la altura del corazón.
Silencio.
Sonríe.
Nostalgia! Exclama.
No siento más dolor, es nostalgia!
Extraño tanto a mi mamá, en especial desde que nació Mora!
Un dolor que deviene nostalgia. No le duele la madre, anhela su presencia. Silencio.
Me duele todo! Dice Miguel. Gabriel, sentado a su izquierda, le pasa el brazo por los hombros sujetándolo.
Silencio.
Me duelo, todo yo me duelo!, continúa Miguel.
“Me duelo” me suena muelo, hiero, muero.
Dejo que las palabras me atraviesen en silencio. Decido que hoy no es el tiempo de esas palabras.
Me pregunto cómo nos vamos a ir hoy, ¿cómo vamos a cerrar esta máquina de producir escenas, esta máquina de evocar, de preguntar, de afectar?
¿Habrá que decir algo, palabras, interpretaciones para mantener viva la ilusión de que todo puede llegar a comprenderse?
Y si optáramos por sostenernos en el silencio, ¿correríamos el riesgo de quedar capturados entre escenas, tiranizados por imágenes poderosas que exigen más y más imágenes, más y más escenas?
Las escenas a veces dicen basta!, aunque muchas veces somos nosotros, los que decimos: hasta aquí llegamos.
Quedan el flujo de los fantasmas, las sensaciones sin nombre, los olores, los colores y los sabores, que se inscriben en imágenes templadas al calor de los cuerpos.
Buscamos palabras que permitan acceder a los enigmas.
Miro a Miguel. Parece sosegado.
¿Tendrá que transitar ese borde entre la posesión y el desprendimiento?
Me escucho decir que la sesión se terminó, que me cuesta despedirme, que nos vamos a ver la próxima, que tenemos este espacio para cobijar.
Mientras se van retirando, imagino una trouppe de personajes y fantasmas saliendo tras ellos. Como nómadas, retornan a los cuerpos de sus mentores, a su carpa trashumante, a la espera de un nuevo llamado a escena.
Veo salir a Luz, que se cuelga pesadamente de Miguel que hoy la comienza a duelar. Tras ella, su suegra, el médico; y su madre que reinicia un nuevo ciclo de gemidos. Finalmente, el hombre pájaro que no pierde detalle de este curioso cortejo de la muerte.
A Beatriz la siguen las monjitas. Camina titubeante junto a la madre superiora.
Veo a la madre de Alba, joven y bella, también a Mora que les extiende sus manitos invitándolas a caminar juntas. Atrás de ellas, los chicos que crecen en las calles.
Veo a Gabriel seguido por un hombre del que emanan cánulas, catéteres, sondas, cables con electrodos. Intubado y traqueotomizado, le demanda un gesto, un instante sagrado.
Se van.
Silencio.
Me quedo solo.
Silencio.
Miro las sillas vacías.
Agregado al texto anterior:
Tengo la impresión de saber desde siempre sobre la potencia de las imágenes. Creo saberlo desde que leí mi primer libro. Desde entonces no puedo parar de leer. Mi adicción por la lectura deriva, creo, del inmenso placer que me da el ver pasar las imágenes, que van y vienen por el escenario. Pienso ahora si las breves incursiones por la actuación teatral que tuve en mi jeventud y mi interés actual por la realización de videos testimoniales, no tienen ese origen común. Y cuando pienso en mi elección profesional de ser psicoanalista, en mi deseo de incursioanar con el psicodrama las escenas del grupo y de la institución, no puedo menos que reconocer también en este caso, esa misma genealogía de acontecimientos.
Cuando me senté frente a mi PC con la intención de escribir algo sobre clínica de la imagen y la escena, cuando la pantalla del monitor se iba poblando de palabras, tuve la clara sensación de vivenciar algo de los que Martinez Bouquet llamaba hace treinta años, el pensamiento en escenas.
Evoqué una sesión de grupo y la titulé: “Esperando un nuevo llamado a escena”, en el sentido de que las imágenes, portadoras de fantasmas, tienen como los actores, la vocación por volver a escena, están disponibles para recrear el drama cada vez que se las convoca. A veces se aparecen sin invitación, fugaces y potentes. Otras veces vienen para instalarse, pretenden permanecer intocadas, se repiten a si mismas sin variantes como los tediosos ensayos de teatro.
Y allí, entre las imágenes, entre las escenas, narradas o desplegadas en representaciones psicodramáticas, estamos nosotros, los terapeutas, intentanto producir pensamiento.
Afectados, implicados, aunque no involucrados, estamos ahí, haciendo lo posible por crear las condiciones para que se abran nuevas preguntas, para que se promuevan nuevas miradas y para que se activen nuevas palabras.
Bernardo Kononovich

Agazapado, el ángel de la muerte
Los relatos de Karin acerca de su infancia me evocan algo de las películas de los años cin¬cuen¬ta: casas hermosas rodeadas de jardines, elegantes escaleras de mármol, teléfonos blancos en todas las habitaciones, una pisci¬na, una nana negra con delantal blanco, o una cocinera atareada entre ollas humeantes de una cocina lumino¬sa rodeada de ventanas.
Karin, extendida sobre el diván, parece ajena a los afectos que me suscitan sus recuerdos. Habla con naturalidad, como si también yo fuese un bogotano como ella. Modela las palabras con caden¬cia, como suele resonar el español que hablan los caribeños.
"Esto es chévere, Dr! -"
En los comienzos del tratamiento, esa afirmación me descolocaba-, no sabía como tomarla. Con el tiempo aprendo que Karin me envía un chévere de aproba¬ción, cuando se siente escuchada y me percibe atento a sus angustias.
Otras veces me llama pichirre, que en su código colombiano significa tacaño: "escucha mucho y habla poco".
Cuando soy pichirre, se retrae, se aniña y la invade una tristeza que denota un sentimiento de abandono.
Cuando me viene a ver, es una mezcla de exilada, turista y residen-te temporaria en Buenos Aires. Hace un año que está instalada en un pequeño departamento en Palermo, tiene novio y trabaja de maestra jardinera en una escuela de la zona norte.
Recuerdo la llamada que precede a la primer entre¬vista. Su tonada, con la que me sorprende al teléfo¬no, exacerba mi curio¬sidad y mi deseo por conocerla; la imagino joven y bonita.
Cuando abro la puerta de mi consultorio, me encuen¬tro con una joven de rasgos agrada¬bles, pequeños, muy maquillada, una nariz de cirugía casi perfecta, cabello rubio muy largo y suelto que le llega hasta la cintura.
Su aspecto es coherente y armonioso en su estilo: camisa y babu-chas de seda o de bambula, muy ceñida por un cintu¬rón a tono con los zapatos y la cartera.
Karin varía su ropa con frecuencia dentro de ese esquema de vestir, lo que me hace pensar que le cuesta mostrar su cuerpo.
Desde la primer entrevista, y durante las que precedieron a la decisión de iniciar su análisis, de todos los relatos que Karin hace de su vida, un personaje resalta por su carácter trágico: su madre.
Esta había fallecido muy joven, a los cuarenta y tantos, dejando a Karin huérfana a los quince años. Enriqueta, su hermanita menor tenía sólo ocho, mientras que Marga y Máximo tenían diez y seis y diez y ocho años respectivamente.
La mamá de Karin procedía de una familia acomodada. Era una mujer culta y hábil para administrar sabiamente tanto la hacien¬da como los afectos de la familia.
El padre, en cambio, se había hecho "desde abajo". Sostenido con el esfuerzo de sus hermanos no profesionales, había logrado realizar una carrera brillan¬te, siendo ya por esa época, en el inicio de su viudez, un abogado destaca¬do, muy bien vincula¬do social y profesionalmente, un hombre público.
Así como su padre circulaba en el mundo con histrionismo, volcado hacia la gente que lo amaba y lo demandaba, su madre hacía culto del perfil bajo, amparando bajo sus fueros a todo el clan fami¬liar.
Karin recuerda a su padre juguetón, pero cuando lo quiere asir en su memoria, no logra retenerlo, apareciendo en su lugar la figura de su madre que, aunque distan¬te y poco afecta al contacto corpo¬ral, se le representa como sólida presencia.
Karin es conciente de que sólo quiere recordar las épocas más feli¬ces: las salidas fami¬liares a la casa de campo de los amigos del padre, las incursio¬nes por la playa, los baños de mar y de sol, las cenas en fami¬lia, todos juntos, los seis.
Odia evocar la enfermedad de la madre, cuya dura¬ción fue de apenas un año y pocos meses. Período que se inicia con la detec¬ción de un melanoma, prosigue con la amputa¬ción de una pierna y culmina con su muerte. Todos los relatos de aquella época apare¬cen, en boca de Karin, como narra¬ciones desafectivizadas, informa¬ti¬vas, desprovis¬tas del habitual calor y lumino¬sidad con que suele investir a otros recuerdos de su infancia o de su adoles¬cen¬cia.
A los pocos meses de la amputación, se produce un galopante desarrollo de gangrena que necrosa densas zonas de tejidos vitales, lo que, a su vez, obliga a realizar varias cirugías complementa¬rias, todas ellas cruentas y mutilantes.
Su madre, asistida las veinticuatro horas del día por una enfer-mera, yace en un cuarto especialmente acondicionado para ella. Desde hace varios meses no duerme con el padre, que aduciendo obligacio¬nes profesionales, merma su presencia, escatima los encuen¬tros con la enferma, en fin, abandona con poco disimulo a la que había sido su sostén afectivo durante veintidos años.
En el transcurso de la semana que antecede a su muerte, ninguno de sus hijos va a la escuela, cada cual permanece en su cuarto a la espera de la inexorable noticia.
Desde la amputación de la pierna, la madre evita el contacto con los tres hijos mayores, sólo la pequeña Enriqueta tiene acceso irrestricto a su habitación donde permanece durante varias horas.
Setenta y dos horas antes del inevitable desenlace, la madre manda llamar a Karin.
" Cuando entro a su cuarto, me sorprende encontrar a mamá de buen semblante. La ventana de su habitación esta abierta, entra el sol y la brisita de la mañana. No huelo, en ese momento, los olores que emanan de su piel ni los vahos de los medica¬mentos que se exhalan por su aliento. Me sonríe y, apoyada sobre un almoha¬dón, me invita con un gesto a sentarme a su lado. Cuando lo hago, toma un cepillo, que ya tenía preparado, y comienza peinarme, en silen-cio. No dice nada, solo alisa mis cabe¬llos, suavemente. A los pocos minutos me dice que está cansada, que le cierre la ventana, le pren¬da el velador y que haga entrar a la
enfermera. Fue la despedida."
Karin concluye el relato y permanece en silencio. Espera.
Conmovido por la escena que acabamos de visitar, no siento deseos de decir nada.
"Se pone pichirre nuevamente Dr.?"
"Me siento conmovido por su recuerdo".
"Debería sentirme afectada, no?".
"Creo que está afectada, muy afectada, pero se acostumbró a vivir pichirre con su corazón".
Silencio.
Me pregunto ahora, al mirar a Karin, si detrás de sus cabellos rubios, no habita agazapado el ángel de la muerte.
*
El tratamiento de Karin se inicia tras una serie de entrevistas en las que acordamos vernos tres veces por semana.
Tras la muerte de su madre hace un tratamiento en Bogotá con "un analista conocido de la familia". Me dice con un dejo de tristeza que ese análisis "no estuvo a la altura de las circunstancias".
"Algún día voy a poder llorar a mamá, hoy no, todavía no."
Le digo: "tal vez, no se haya dado cuenta aún de su muerte".
Tras una pausa, como evocando algo, me responde: "Los recuerdos no me ayudan a darme cuenta. Imagínese Dr., me da un poco de vergüenza hablar así, pero el velatorio de mi mamá fue un show. Para mi fue como estar mirando una película. Mi papá la vela durante cuarenta y ocho horas y mi casa parece un salón de convenciones. La ponen en el living sobre una tarima rodeada de palmas y coronas. El desfile para el pésame es interminable: políticos, jueces, y todo tipo de personajes que en mi vida había visto; pero lo que más vergüenza me da es la visita de los alumnos, nuestros compa¬ñeros de la escuela, desfilan como dos¬cientos. Nos miran, no saben qué decir, se ríen, hacen muecas".
Me dice que tras la muerte de su madre, su padre trata de suplir esa ausencia con gobernantas y amas de llave. Se siente desorien-tado e incapaz de recrear un nuevo espacio con sus hijos. Antes de cumplirse los primeros cinco meses, se presenta una noche con una mujer diez años más joven que él, dice que se llama Dorita, que es una exilada uruguaya y que vive en Bogotá desde hace un año.
Se casan tres semanas antes de que se cumpla el primer aniver¬sa-rio.
Enriqueta busca amparo en Dorita que la protege como a una hija. Marga inicia contra la pareja una guerra sin cuartel que deter¬mina su ida de la casa a los diez y ocho años.
Máximo aparentemente acepta, pero a los pocos meses una úlcera perforada casi acaba con su vida.
Karin, aún sin cumplir sus diez y siete años, se siente atraída por la "fuerte personalidad de Dorita", a quien admira e imita. Pero cuando a los pocos meses de casados Dorita se embaraza y luego da a luz a un varón, se produce entre ellas un distancia¬miento. Cuando nace Alvaro, su nuevo medio hermano, Dorita encara una gran reforma en la casa: pinta, empapela, cambia todos los muebles y renueva al personal doméstico. Procede sin prisa y sin pausa a borrar todo vestigio de la difunta. Impone sus crite¬rios, sus gustos y su mejor parecer sobre la hacienda y los afectos familiares.
Tanto Máximo como Karin van a vivir solos cuando cumplen los veintiún años de edad. Les ofrecen a cada uno, y aceptan como heren¬cia mater¬na, un pequeño departa¬mento en la ciudad. Marga, en cambio, inicia una larga batalla legal contra su padre. Sintién¬dose despo¬jada, no está dispuesta a recibir esa heren¬cia que considera magra.
Karin teme perder el amor de su padre y acepta los acontecimien-tos como se van sucediendo. También se siente muy encariñada con Alvarito con quien desarrolla una relación afecti¬va intensa: lo colma de mimos y de cuidados. Dorita tolera ese vínculo con ambivalencia. Sabe que su marido no quiere un enfrentamien¬to con esta hija, porque la quiere retener con él y porque el recuerdo de la ruptura escandalosa de Marga permanece aún fresco en la memoria de todos. Se cuida preservando las formas pero se inter-pone permanente¬mente entre Karin y su padre imposibilitándo¬les cual¬quier espacio de intimidad. Dorita suele tener accesos de celos que, a veces, logra manejar. Otras, pierde los estri¬bos y sucumbe en la inconti¬nencia. El padre de Karin trata de apaciguar a ambas mujeres, se atosiga de tanto amor posesivo, de tanta rivalidad apasionada.
Cuando Karin se va a vivir sola recobra un espacio de calma y recogimiento. Culmina con excelente desempeño el profesorado de maestras jardineras, accede por concurso a un cargo en una escuela prestigiosa de Bogotá y, ni bien percibe sus primeros sueldos, comienza a soñar con Buenos Aires.
Buenos Aires tiene para Karin un sabor especial. Lo asocia con los momentos más felices de su vida: los cuatro viajes realizados con su madre de visita a una familia amiga afincada en el barrio de Belgrano, frente a las barrancas.
Buenos Aires también es para Karin la figura de Germán: el chico argentino que conoce en Bogotá, en un viaje de intercambio estudiantil y del cual queda secretamente enamorada.
Cuando cumple los veintitrés años, haciendo caso omiso de las adverten¬cias familiares, alquila su departamento, pide licencia en su trabajo y se viene a Buenos Aires.
"No se bien porque me vine, en Bogotá no se respira bien, allí me agoto, me consumo. Aquí estoy sola, sin familia, pero puedo respirar".
"Los cuatro viajes realizados con su madre", le digo y espero su reacción.
"Por qué habría decidido mamá viajar sola conmigo a Buenos Aires, por qué me elegía a mi?".
"Bueno, tal vez Ud. vino a investigar eso, una buena razón para este viaje", le digo como al pasar.
"Ni bien llegué a Buenos Aires lo busqué a Germán y lo enamoré. A las pocas semanas cortó con su novia e iniciamos un romance que lleva más de un año."
"Germán y su mamá, dos buenas razones". Me atrevo a dar otra vuelta.
Me cuenta que Germán suele tener una actitud maternal hacia ella: "me ayuda a invertir mi dinero, me acompaña a comprar ropa, me ayuda a elegir, a veces me cocina...".
Estas características de Germán, le impiden a Karin tomar contac-to con los aspectos frustrantes de esa relación, en particular la incomprensible actitud de Germán de darle poca cabida en el marco de su familia. Esto le provoca dolor y una cuota de humi¬llación que, sólo meses después, Karin se atreve a recono¬cer. Hasta entonces había aprendido a vivir tolerando los des¬plantes que con frecuen¬cia era objeto por parte de su novio. Se desvive por explicar y explicar¬se, utilizando largas raciona¬lizaciones, lo que ya le resulta inexpli¬cable. Gradual¬mente comienza a admitir que su romance se sostiene básicamente con su esfuerzo, debien¬do teñir las alterna¬tivas de su noviazgo con idealizaciones y negaciones. En el transcurso de su segundo año de análisis, un acontecimiento previsible precipita en su vida una cascada de situaciones desgraciadas que la impli¬can corporalmente en riesgo de muerte y la inundan en angustias desbordantes.
Tras una breve crisis en su noviazgo, Germán decide unila-teral¬mente terminar la relación.
Karin comienza a padecer frecuentes episodios de insomnio que perturban su desenvolvimiento laboral; llega tarde al jardín, pierde la dinámica habitual que la caracteriza, en varias oportu-nidades olvida presentar el informe y se muestra cansada y poco participativa en las reuniones docentes.
Las noches de insomnio son acompañadas con ataques de llanto y la depresión se le torna indisimulable durante el día.
En el transcurso de las primeras semanas el estado de ánimo de Karin bascula entre la pena y la furia.
Sus monólogos insisten en la expresión de airados reproches, todos ellos antecedidos por la expresión:" el hijoeputa ese, el hijoeputa ese"...
" Pero Germán, no era como una madre?"
"Dr., hasta dónde quiere llegar?"
Silencio.
"Y, Ud., Karin, hasta dónde quiere llegar?"
"Eso no lo sé, solo le pido que me cuide."
"Creo que me pide que la cuide de Ud. misma, de lo que siente".
Hoy día, transcurridos más de cinco años, pienso que su pedido de cuidado era justificado y que no se trataba sólo de cuidarla de sí misma.
Aprendí con mis pacientes, y en especial con Karin, que cuando uno transita por los bordes de la angustia y la desesperación espanta a la gente, aleja a los amigos y atrae la desgracia y la adversi¬dad.
Mientras soy testigo del desbarranque de Karin, me pregunto - una y otra vez- cómo hacer para cuidarla. Una muchacha joven, lejos de su familia y de su medio natal, enmarañada en un duelo durísi¬mo, cuyos hilos se remontan a una muerte jamás llorada, nunca acepta¬da, hasta hoy.
Se suma al galopante adelgazamiento de Karin, la caída del cabello, trastornos metabólicos y el retiro de la menstruación. Alarmado por esta sucesión imparable de afectaciones sobre su cuerpo, la conmino a ponerse en manos de un médico clínico de mi confianza.
Karin acepta mis directivas con una mezcla de resigna¬ción y alivio.
Durante dos semanas la veo diariamente, incluso el domingo, día en el que la sesión se suele prolongar por casi dos horas.
Karin llora casi todo el tiempo y su descarnada delgadez le otorga un aspecto conmovedor.
No puede permanecer ( yacente?) en el diván; dice que esa postura le recuerda a su madre en los umbra¬les de la muerte. Se tolera a duras penas sentada, de pronto se para y comienza a caminar por el consultorio presa de intensa ansiedad con exclamaciones tales como:"mi madre, y ahora qué, y ahora qué?". En ese instante de tensión e impoten¬cia, se me presenta una imagen: Veo a Karin montada sobre su madre. Aferra¬da a su pescue¬zo. A babuchas de la parca. Las imagino también revolcándose abrazadas y confundidas en un solo cuerpo rodante.
Me encuentro diciendo con firmeza, casi gritando: "alto, basta ya!!".
Karin, asustada y sorprendida, detiene su marcha circular y su reverberante soliloquio.
"Ya basta Karin, se murió, mamá murió, murió".
"Murió?". Se pregunta como saliendo de un trance."Ya sé que murió!", grita.
"Entonces déjela ir!", grito.
"Y quién la retiene?", vuelve a gritar.
"Ud. la retiene y por no dejarla ir está dispuesta a dejarse morir. O qué va a pasar con Ud. cuando pese menos de cuarenta kilos"? vuelvo a gritar.
"Me voy a morir", dice como para si misma y se acuesta en el diván.
"Karin, Ud. se va a morir cuando llegue su hora. Ahora dejemos partir a mamá".
Karin se adormece.
*
Esta sesión marcó el punto de inflexión en el trabajo de análi¬sis. Actuó como palanca para salir de la melancolía investida de anorexia, aunque la resolución de su crisis llevó aún varios meses y tuvo otras alternativas de gran intensidad.
Me cuenta a lo largo de varias sesio¬nes que un encadenamiento de sucesos penosos la vienen acompañando durante la semana; "sobre llovido mojado".
El miércoles esperando al colectivo a las siete y treinta de la mañana, en plena Avenida Santa Fe, frente a un kiosco abierto, dos muchachones le arrebatan la cartera y cuando intentan hacer lo mismo con un bolso en que lleva material didáctico para el jardín, instintiva¬mente se resiste. La tiran al suelo, la patean, le lastiman las piernas y se mandan a mudar, frente a la mirada atónita de la gente, a cinco metros de ella.
Cuando llega al colegio, si bien la atienden y le hacen algunas curaciones, le impiden tomar contacto con los niños, proscripción que se extiende a una semana y luego le anuncian que será, con goce de sueldo, hasta fin de año.
Lo que más le mortifica es la falta de solidaridad y de confianza de su directora, justamente en el momento en que más la necesi¬ta. De nada habían servido tanta abnegación y dedica¬ción, tanto recono¬cimiento que le habían dispensado en otros tiempos cuando todo lo que encaraba Karin lucía y el colegio podía hacer alardes de excelencia. Le humilla la actitud que toman hacia ella, cuidando sólo las apariencias, alejándola de los niños y ocultan-do frente a los padres los signos de su sufrimiento, como si éstos fuesen inhabilitantes.
Conmovido por esos acontecimientos, identificado con el esfuerzo que realiza Karin por no sucumbir, comprometido visceralmente con el proceso de análisis que vamos transitando, decido, con el acuerdo de Karin, hablar con la directora.
No postergo la pregunta acerca de la pertinencia de este acto, pero me dejo llevar por un sentimiento potente de que alguien tiene que hacer algo.
La conversación se realiza telefónicamente; la directora se muestra sorprendida pero también halagada por mi llamada. Me recuerda que había sido mi alumna hacía muchos años y que guarda-ba de esa época muy buenos recuer¬dos.
Escucho con atención su larga reflexión acerca de Karin, compren-do sus dudas y temores y no minimizo la gravedad de la situación, pero le digo que si ella se decide apoyarla, sosteniéndola a través de muestras concretas de confianza, Karin podrá superar el mal trance, rehabilitándose prontamente para asumir sus funciones con normalidad.
A la sesión siguiente a esa conversación Karin me saluda con una amplia sonrisa, que a mi me pareció la primera, desde el inicio de su crisis.
"Estuvo chévere, Dr. Quedé con la directora que ni bien me sienta en condiciones me reintegro con los chicos; sin plazos prefija¬dos, ni bien pueda...".
Sé que estuve chévere, pero no lo digo.
Silencio.
Sentado detrás de Karin, se me humede¬cen los ojos.
*
Transcurridos dos meses de este episodio, Karin comienza a dar muestras de mejoría. Su aspecto físico se normaliza lentamente, se regulariza su ingesta alimenticia y va cediendo su insomnio. Retoma su tarea en el jardín y se reconecta con sus amigos y conocidos.
Retornamos a la frecuencia habitual de sesiones y la relación entre nosotros transcurre en esta etapa por carriles calmos.
Nunca hasta la terminación del tratamiento tuvimos la necesidad de mencio¬nar o de recordar los momentos límites por los que transitamos en el análisis.
Una vez finalizado el año lectivo Karin deja la escuela e intenta vincularse con la comercialización de juguetes didácticos, sin éxito.
Tampoco sus vínculos amorosos pasan de fugaces escarceos con "los chicos argentinos" que no terminan de enamorarla y que le hace pensar que su predestinado está seguramente en Colombia.
Los siguientes seis meses los utiliza Karin para preparar su viaje de retorno a Bogotá. Extraña a su familia y a sus vínculos colombianos. También desde allí le hacen saber que la esperan y están dispuestos a recibirla gustosamente.
Nuestra despedida es sencilla, me manifiesta su agradecimien¬to con sobriedad, me entrega un presente y nos saludamos, esta vez, con un beso en la mejilla.
*
A los dos años y sin tener noticias de ella, recibo una llamada telefónica de Karin diciéndome, con su tonada caribeña, que está de visita en Buenos Aires y que quiere saludarme.
La veo entrar a mi consultorio y esta vez, a diferencia de esa primera vez, veo a una mujer que camina con aplomo. Me doy cuenta de inme¬diato que se siente bien y que viene a decírmelo. Me sonríe, y yo recuerdo en sus ojos a la niña. También alcanzo a ver en su mirada, antes de que comience a hablar, que el angel de la muerte había pasado.
Bernardo Kononovich

Me queda la palabra, análisis de René Kaës
En ocasión de la visita a de René Kaës a Buenos Aires y con motivo de una nueva presentación del documental "Me queda la palabra", le solicite que compartiera sus pensamientos acerca de este film y esto es lo que nos brindó:
1) Este film trata con emoción, inteligencia y respeto aquello que la memoria humana puede y no puede transmitir acerca del horror humano: no del horror inhumano, sino del humano, puesto que no podemos hablar y escuchar hablar del horror si lo excluimos de la experiencia humana.
2) El objeto de este film es el de acoger y recoger el relato de tres mujeres, testigos sobrevivientes de la Shoah: mandato de los muertos a los sobrevivientes, mandato de los sobrevivientes a las generaciones que les siguen. Recoge también el testimonio de un hombre declarado desaparecido y torturado por los agentes de la Dictadura de los años de plomo en vuestro país.
3) El objetivo del realizador, Bernardo Kononovich, esta claramente anun-
ciado por él mismo al comienzo de su film : “Mis preguntas han apuntado a saber más sobre aquello que se pone en juego en este acto importante de brindar testimonio”. Pero también expresa la siguiente preocupación : “Los sobrevivientes tienen el deseo y la voluntad de hablar. ¿Qué esperan de nosotros?”
4) Un tal objeto – el testimonio sobre lo impensable y el trabajo de la palabra – y un tal objetivo – testimoniar a otros, para otros y con otros – encuentran ineludiblemente imperativos de conocimiento e imperativos militantes. El film de B. Kononovich se sitúa entre estos dos imperativos y la necesidad de mantenerlos unidos lo conduce a sostener del principio al fin, una posición ética que debe ser subrayada y saludada. Esta posición se expresa notoriamente en la construcción fílmica, recortes de planos fijos a la manera de Raymond Depardon, y en un montaje dónde se alternan secuencias testimoniales y los necesarios comentarios del realizador, que afirma así su propia presencia de testigo de los testigos.
5) Para presentar este film y sin dejar en silencio la conmoción que suscita,
quisiera proponerles algunas reflexiones sobre los pro-blemas que presenta todo testimonio, pero más particularmente sobre la especificidad del testimonio de los sobrevivientes de la Shoah o de los sobrevivientes de una catástrofe social o de un genocidio. Los testimonios solicitados y registrados en este film, plantean estos problemas.
6) Debemos tomar aquí en consideración la especificidad de las situaciones
traumáticas colectivas: son dramas vividos colectivamente por comunidades humanas, provocados por otros humanos con la intención de destruirlos mediante la guerra y por los genocidios, es decir, por la eliminación de un pueblo, de un grupo, de una cultura, de una lengua. El choc traumático produce efectos de rupturas catastróficas en el psiquismo de las víctimas: pero son también rupturas catastróficas que quiebran a las familias y a las sociedades, y que se retransmiten a través de las generaciones.
7) El testimonio es un acto psíquico paradojal: es un relato privado de carácter público. Es también un acto social que, en el caso presente, se inscribe en una tradición ética: aquella de la memoria, del testimonio y de la transmisión en el judaísmo. Pero aquí, esta exigencia de testimoniar sobrepasa el contexto que la sostiene: adquiere un valor universal.
8 ) Como acto psíquico, el testimonio se caracteriza por su relación con el trauma, se inscribe en el tiempo de la transformación de la relación con el acontecimiento, en el “après-coup” (el después), siempre incierto problemático. Huberman dice que “la persona al informar (lo que vivió) revive hechos muy traumáticos de su vida.
Señala también un ejemplo que ilustra cuán largamente ha permanecido la palabra en sufrimiento, debido al déficit de destinatarios: cuándo Abraham Huberman acude a escuchar su testimonio, la madre de una de sus ex alumnas que lo conocía de antes , lo interroga : ¿“quién es Ud?”. El no comprende de inmediato el sentido de esta pregunta hasta que se da cuenta que para esta mujer el acudía, recién ahora, muy tardíamente “porque hace 40 años atrás nadie quería escucharnos”. Esto es, escuchar los relatos del hambre, de la muerte, y como lo expresa Judith, de la humillación, de la desnudez, de la indigencia, del desamparo (“Hilflosigkeit”) absoluto.
9) Al contacto con el recuerdo de estas experiencias, un trabajo psíquico intenso es puesto en movimiento, tanto en el o la testigo como en el o la que recibe el testimonio. Pero es también un trabajo social e histórico el que se produce, dado que la transmisión es el horizonte del discurso testimonial.
10) Es importante tener en cuenta en nuestro espíritu que, en la mayoría de los casos, los testigos y aquellos que reciben los testimonios, se viven a si mismos como delegados de dos conjuntos sociales que intentan reanudar, más allá de la ruptura ocasionada por la catástrofe, un lazo que permita retomar los procesos de pensamiento y de comunicación allí dónde el trauma los había congelado. Un lazo dónde el otro, es decir, “todo ser humano” está involucrado en su misma esencia.
11)Esta urgencia recordatoria plantea la cuestión que vuelve una y otra vez
en boca de varios testigos. A la pregunta que les hace B. Kononovich : ¿“saber si existe un límite para relatar, si es posible transmitir esas experiencias consideradas incomunicables y hasta dónde estaremos dispuestos a escuchar “? Huberman responde que la persona que testimonia debe estar “insertada” , vinculada. Y si no está vinculada, relacionada, no puede ni recibir el testimonio ni darlo. “ “ Esos testimonios, dice, nos dan una imagen de la dimensión subjetiva que ningún documento puede darnos”. Nos encontramos aquí frente a una cuestion fundamental del testimonio: ¿cómo testimoniar fuera de una tradición, y en primer lugar fuera de un lazo que implique las identificaciones mutuas necesarias? Se comprende a Judith cuando dice que “el problema no es el de soportar, sino que es el de coexistir”.
12) Las investigaciones sobre los traumatismos colectivos han mostrado la importancia primordial de las relaciones entre desligamiento interno y ligazón inter-subjetiva: la revivencia de los afectos sostiene la memoria del traumatismo, la re-atribución del recuerdo apunta también al otro. Estas son condiciones para que aquello que es depositado – el horror, sea transformado en proceso psíquico de pensamiento y de transmisión de la memoria. Reestablecer la confianza de los sujetos sometidos a situaciones de violencia colectiva extremas, es necesario para sobrellevar el riesgo de una nueva intrusión devastadora. Hoy, y de una manera mas general, no podemos abordar la cuestión del trauma fuera del lazo inter-subjetivo.
13) Sobre la narración
La función de la narración en la formación y la transmisión del testimonio debe subrayarse: el testimonio es un desencadenador de narraciones. La clínica a la que nos confrontamos alienta en efecto una idea que considero útil: después de una experiencia traumática colectiva, como ser una catástrofe colectiva, lo que es vital, no es el interrogatorio (“debriefing”), sino esencialmente la puesta- en -relato de la catástrofe, pero un relato a varias voces destinado a diversos auditorios, los unos víctimas, los otros testigos o solamente escuchas atentas para oír esos relatos. La diversidad y la similitud de las versiones que se elaboran a través de esta puesta-en-relato, juegan un rol decisivo.
Todas estas atestaciones son necesarias para la reconstitución simultánea de un tejido psíquico, de una trama inter-discursiva común y compartida, de una cadena significante inscripta nuevamente en lo social y portadora de efectos de simbolización.
14)No alcanza con solicitar testimonios. Hace falta que él que los solicita esté dispuesto a afrontar el “fondo de horror compartido” por el conjunto de los traumatizados, y que embebe toda su vida psíquica. Está confrontado a la necesidad de los sobrevivientes de seguir viviendo en el horror, en la vulnerabilidad y la precariedad. Debe aceptar esta zona de silencio y de vergüenza (S.Amati-Sas), que no puede ser confiada a ninguna confiden-
confidencia, y que solo rinde testimonio de la ruptura que se ha producido en el sujeto, con sus “restos de una inscripción en (su) ser que (lo) ha hecho ser un otro de aquel (que fue) (Marcelo Vignar).
15) Reflexiones sobre la ética testimonial. El pacto testimonial
El estudio del estatuto del relato en el testimonio conduce a interrogar la ética que rige los medios utilizados para alcanzar los objetivos del testimonio.
16)Una de mis doctorandas, R. Waintrater, ha propuesto la noción de pacto
testimonial . Este pacto prescribe que el testigo posee una experiencia que confía al testigo, que la deposita en él, con la condición de que éste no realice meta-comunicación alguna sobre su relato. El pacto testimonial compromete a quien recibe el testimonio, a no interpretar nada que pusiera en riesgo perjudicar el punto de vista del testigo y que pervertiría así el proceso testimonial. El pacto testimonial es el garante del testimonio (La manifestación y la interpretación de los efectos del inconsciente no es en ningún caso el objeto final del relato testimonial). Un tal pacto es necesario para hacer frente a la violencia como retorno del horror que ha despojado al Je para reducirlo al Moi concentracionario. A propósito de la ropa inapropiada que les era distribuída, Ella dice esta frase terrible: “ en diez minutos éramos monstruos, no nos reconocíamos”. La función indispensable de este pacto es la de permitir un auténtico proceso de recuperación del Si-mismo. El pacto testimonial posiciona al relato testimonial como un objeto investido por el proceso psíquico, y lo diferencia de una práctica instrumental de enunciación de lo “verdadero”. Esta cuestión atraviesa toda la práctica viviente de las ciencias humanas y especialmente la del Psicoanálisis y de la Historia.
17) A propósito del grupo
Una última reflexión: para nosotros que nos interesamos en los recursos psíquicos del grupo, Léonie nos dice cuánto la vida en pequeños grupos los mantuvo vivos: cantar, charlar, jugar, reír “era la única manera de sobrevivir, las que lloraban murieron todas, de ellas no regresó ni una sola”. Dirán también como el hecho de estar juntas, no separadas, las protegió entonces. “No había ni intimidad ni sentimientos, las personas se robaban el pan y el agua... pero no estar separados, sobrevivir”.
18) Clínicos de grupo, sabemos que el dispositivo grupo-analítico es un instrumento apropiado para la elaboración de este tipo de traumatismo. Lo es porque el grupo ofrece una pluralidad de estructuras narrativas y que el trauma de por sí se ubica en un déficit de narración o bien se vuelve repetitivo. Esas dos funciones, de continente y de envoltura narrativa polifónica son las que justamente faltan en la experiencia traumática.
19) Habría aún mucho para decir sobre la riqueza de los testimonios y la calidad del film. Por ejemplo sobre la cuestión de la destrucción de la identidad, Mario Villani la encara de una manera muy fuerte, pero también las mujeres lo hacen de una manera muy sensible, a propósito de las menstruaciones y de la pérdida de la femeneidad.
20) Bernardo dice que ha hecho este film porque quería saber si existe un límite para el narrar, si es posible transmitir esas experiencias consideradas incomunicables y hasta dónde estamos dispuestos a escuchar. Plantea la cuestión esencial: ¿porqué las personas no quieren escuchar y oír?
René Kaës
20 de Abril 2007
Traducción: Mignon Rousseau