El cuerpo en la clínica institucional
Índice
Prólogo
PRIMERA PARTE
El cuerpo en la escena institucional.
Autores Bernardo Kononovich y Osvaldo Saidón
Introducción, efectos, consignas
Dramatización afección
Escenarios institucionales
SEGUNDA PARTE
Prácticas e implicación.
De Nova Friburgo a Malvinas (crónica y análisis de una implicación).
Autor: Bernardo Kononovich
Vulnerabilidad y desafiliación.
Autor: Osvaldo I. Saidón
TERCERA PARTE
Los instituyentes en Psicoanálisis y Psicodrama.
Devenires en Psicoanálisis y su institucionalización
Autor: Osvaldo I. Saidón
Del “corporismo” a la ecolalia
Autor: Bernardo Kononovich





Presentación de "El cuerpo en la clínica institucional" en la Fundación CIAP.
Suely Rolnik, Bernardo Kononovich y Osvaldo Saidón.
Notas y escritos
Comentario de Delia Andrade sobre EL CUERPO EN LA CLINICA INSTITUCIONAL , publicado en "El Otro", Noviembre 1995.
Los autores centran su investigación en el sufrimiento al que está expuesto el cuerpo en el ámbito de la institución. Cuerpo que refiere al propio cuerpo, a la relación de ellos como individuos y a la relación con las diversas materialidades grupales e institucionales. El trabajo en la escena institucional los lleva a la necesidad de pensar dispositivos teórico-técnicos que den cuenta de las relaciones de los grupos, considerando la singularidad que permitirá analizar la implicancia de cada participante. El análisis institucional, el psicodrama y el psicoanálisis permiten generar herramientas propicias para el trabajo de grupo en las instituciones. Del abordaje teórico desde diferentes líneas tenemos referencias en la segunda parte del libro, mediante la descripción y el análisis de experiencias llevadas a cabo por cada uno de los autores (Lugar Editorial
A LA ESPERA DE UN NUEVO LLAMADO A ESCENA
(Escrito por Bernardo Kononovich, inspirado en “El cuerpo en la clínica institucional” – Escena y afectación.)
Sabíamos que era inminente. Durante las dos últimas sesiones sólo hablábamos de Luz, de su cáncer, de los esfuerzos de Miguel por sobrellevar con integridad esos encuentros que tenía con ella. Tratábamos de ayudarlo haciendo grandes esfuerzos por escucharlo, y si alguna vez Miguel llegaba tarde a sesión, aprovechábamos ese espacio para hacer algún chiste en alusión al nombre de su amiga: ¿se habrá apagado ya la Luz?
Pero esa tarde, cuando entró Miguel al consultorio, se sacó la campera y nos miró, quedó claro que Luz se había muerto.
Miguel comienza a contar.
No nos mira cuando habla, abstraído, parece estar reviviendo la escena.
Dice:
Cuando llego, la veo sobre una cama pálida.
Sus manos superpuestas sobre el pecho, sus ojos entornados, su boca insinúa una leve mueca hacia la izquierda. Un pañuelo verde, anudado en su cabeza, le sujeta la mandíbula como un torniquete.
El médico pide un minuto de silencio. Se pone de pié y cierra los ojos. Parece rezar.
Los presentes imitamos el gesto.
Tiene 32 años y se muere.
Y todo discurre en una escena tan pequeña, tan nimia.
La suegra la mira y nos dice mientras se le quiebra la voz: ¿no está hermosa?
Yo, que la conocí vital y arrolladora, ahora me parecía fea.
Después del mediodía llega la madre y los sonidos junto al humo de los fumadores, se impregnan a la ropa y a los cuerpos. Primero son gritos, luego llantos y finalmente una secuencia de gemidos cortos y cadentes que se extienden hasta las primeras horas de la tarde, luego cesan.
A la nochecita, el ataúd, las velas y la gente que se amucha en los rincones, cuchichea, se mueve con lentitud, con gestos que suponen decoro ante la muerte.
Alguien de negro se desliza por la habitación, trata de mimetizarse con las partículas de polvo que flotan en el aire. Realiza un vuelo razante con la mirada buscando la mejor posición, intenta posar sus ojos en el ángulo de visión más favorable para poder verlo todo: cómo se amortaja un cuerpo joven, cómo se introduce el cuerpo de mujer, con todas sus redondeces, dentro de un ataúd, cómo se instala un cuerpo que se dispone a yacer eternamente.
Sus ojos succionan con fruición cada gesto, cada imagen, cada movimiento, fagocitan todos los flujos que aún discurren entre los bordes de la vida y de la muerte.
Mis ojos no pueden apartarse de esa extraña manera de mirar de ese hombre pájaro, que se enseñorea sobre los pasillos de la muerte, merodea en los intersticios y en los poros de la carne cuando se va la vida, cuando los fluidos se coagulan y se transmutan en la materia opaca de los espejos y en el grano de las fotografías
¿Quién es ese hombre de traje negro que se atreve a mirar de ese modo?
Habría que echarlo. No es posible permitir un desenlace tan obsceno!
Con la palabra obsceno aún en la boca, Miguel nos mira por primera vez. Está llorando.
Las tres mujeres del grupo, afectadas, generosas, lloran con él.
Beatriz dice que así, miran los verdugos, los torturadores y los jueces. A ella la miraban así las monjas, en particular la madre superiora. Dice que son miradas que interpelan, que exigen ver lo que está en el fondo, miradas que no se aplacan con sólo tirarle dos o tres confesiones, dos o tres de esas ideas, que una sólo podría contársela a su mejor amiga. Son miradas que no paran hasta desnudarte, pero mal, porque no son miradas de deseo. Dice que cuando te miran así te quedás en bolas, chueca y con la luz que te da en el peor ángulo, te afea la cola y te agranda la panza.
Un grupúsculo de monjas merodea desde ahora la escena del horroroso hombre-pájaro, anuncian que la mirada además de obscena puede llegar hasta el hueso.
Alba dice que es insoportable la idea de morir joven, que su madre también murió joven, que ella era aún una adolescente y tuvo que soportar un dolor tan grande que tenía la sensación que se le desorbitaban los ojos, pero que transcurrido un tiempo, no recuerda cuánto, se calmó. Dice también que por sufrir tanto creció varios centímetros y que el abuelo decía que los chicos crecen cuando quedan huérfanos, después de una enfermedad y cuando les agarra en la calle una lluvia fuerte.
A las monjas se les suman una madre muerta, un dolor que desorbita los ojos de una huérfana y un corrillo de niños que crecen con las lluvias que los sorprende siempre deambulando por las calles.
La escena es ahora una multitud.
Percibo en mi cuerpo la densidad de las imágenes, me siento tocado por la tristeza y la nostalgia. No puedo distinguir si lo que me afecta son los tonos, las pausas, el timbre de las voces y los silencios o son las imágenes que suspendidas en el espacio del consultorio comienzan a liberarse de las inercias, de las secuencias y de la cronología de los relatos.
Gabriel recuerda a su padre internado en terapia intensiva, una embolia le había reventado en la cabeza. Dice que cuando le dejaban estar a su lado, el padre daba señales de reconocerlo, una tenue presión en la mano, un mínimo giro de cabeza, un pestañeo raro, un movimiento de los labios. Dice que dos días antes de morir lo fue a visitar y que era la noche del Iom Kippur, y que ninguno de los dos era creyente, pero que esa noche, ahí, solos, el padre que se moría, y los médicos que lo desahuciaban. Esa noche, bajo el bombeo uniforme de los respiradores, junto al ritmo de los electrocardiogramas, de las chicharras y de los beepers, se puso a cantar el Kol Nidré, la plegaria más sagrada. En realidad la tarareó, tal como la recordaba de chico, en la sinagoga. Dice que después de haberla entonado su padre se relajó, y cree haber escuchado en ese momento una especie de grito mezclado con palabras. Era una voz que venía desde alguno de los boxes y que él imaginó a alguien que, aún en el umbral de la muerte, balbuceaba: “Aquí estoy, aquí estoy!”.
Silencio.
Raúl dice que se acaba de acordar de cuando había sido monaguillo y el Padre Valentín, un cura cascarrabias le tironeaba las orejas cada vez que lo descubría imitándolo a sus espaldas. Dice que llegaba a su casa con las orejas coloradas y que el único que lo notaba era el abuelo Pipo, que tenía como noventa años.
Los niños que deambulan por las calles convocan al padre que se está muriendo y que en ese instante de extremaunción, el hijo lo unge con un tarareo sagrado que despierta el grito de un moribundo que quiere estar presente en ese espacio santo.
Las imágenes se disparan, presas de una repentina urgencia, se arremolinan pisándose los talones, afectándose unas a otras, atrayéndose con señuelos, se guiñan y se seducen para penetrar en los cuerpos, morar en ellos y afectar a los espíritus.
La angustia de Miguel busca la proximidad de nuestros cuerpos para poder anclar.
Nos pregunta si es justo, si él se merecía semejante desgracia, ¿o es que acaso nació con el sino de la mala suerte?
Le digo que preguntas como esas, no tienen respuesta.
Miro a Miguel, cabizbajo y deprimido y pienso: ¿qué podríamos hacer por él?
Alba pregunta por el dolor. Quiere saber qué pasó con ese dolor que le desorbitaba los ojos. ¿Se licuó, se evaporó?
¿Podría mostrar con gestos cómo hizo el dolor para transmutarse y trasladarse de las órbitas de sus ojos a otro lugar?
Alba se tapa los ojos con las palmas de sus manos, se los frota suavemente haciendo un movimiento circular que va ascendiendo hasta su frente, luego, sus manos se deslizan hacia su cabeza y desde allí simulan un vuelo. De pronto, en lo alto, las palmas se juntan y se dirigen hacia su pecho, se clavan a la altura del corazón.
Silencio.
Sonríe.
Nostalgia! Exclama.
No siento más dolor, es nostalgia!
Extraño tanto a mi mamá, en especial desde que nació Mora!
Un dolor que deviene nostalgia. No le duele la madre, anhela su presencia. Silencio.
Me duele todo! Dice Miguel. Gabriel, sentado a su izquierda, le pasa el brazo por los hombros sujetándolo.
Silencio.
Me duelo, todo yo me duelo!, continúa Miguel.
“Me duelo” me suena muelo, hiero, muero.
Dejo que las palabras me atraviesen en silencio. Decido que hoy no es el tiempo de esas palabras.
Me pregunto cómo nos vamos a ir hoy, ¿cómo vamos a cerrar esta máquina de producir escenas, esta máquina de evocar, de preguntar, de afectar?
¿Habrá que decir algo, palabras, interpretaciones para mantener viva la ilusión de que todo puede llegar a comprenderse?
Y si optáramos por sostenernos en el silencio, ¿correríamos el riesgo de quedar capturados entre escenas, tiranizados por imágenes poderosas que exigen más y más imágenes, más y más escenas?
Las escenas a veces dicen basta!, aunque muchas veces somos nosotros, los que decimos: hasta aquí llegamos.
Quedan el flujo de los fantasmas, las sensaciones sin nombre, los olores, los colores y los sabores, que se inscriben en imágenes templadas al calor de los cuerpos.
Buscamos palabras que permitan acceder a los enigmas.
Miro a Miguel. Parece sosegado.
¿Tendrá que transitar ese borde entre la posesión y el desprendimiento?
Me escucho decir que la sesión se terminó, que me cuesta despedirme, que nos vamos a ver la próxima, que tenemos este espacio para cobijar.
Mientras se van retirando, imagino una trouppe de personajes y fantasmas saliendo tras ellos. Como nómadas, retornan a los cuerpos de sus mentores, a su carpa trashumante, a la espera de un nuevo llamado a escena.
Veo salir a Luz, que se cuelga pesadamente de Miguel que hoy la comienza a duelar. Tras ella, su suegra, el médico; y su madre que reinicia un nuevo ciclo de gemidos. Finalmente, el hombre pájaro que no pierde detalle de este curioso cortejo de la muerte.
A Beatriz la siguen las monjitas. Camina titubeante junto a la madre superiora.
Veo a la madre de Alba, joven y bella, también a Mora que les extiende sus manitos invitándolas a caminar juntas. Atrás de ellas, los chicos que crecen en las calles.
Veo a Gabriel seguido por un hombre del que emanan cánulas, catéteres, sondas, cables con electrodos. Intubado y traqueotomizado, le demanda un gesto, un instante sagrado.
Se van.
Silencio.
Me quedo solo.
Silencio.
Miro las sillas vacías.